The Scepter, un paciente de 27 años y una historia sobre música, comunidad y las distintas maneras de cuidar.
Hay historias que parecen pequeñas hasta que uno decide detenerse a mirarlas con un poco más de atención. La que ocurrió en Ottawa, Canadá, es una de ellas. A primera vista podría resumirse en pocas líneas: un paciente internado en un hospital quería asistir a un concierto de heavy metal, no podía salir del establecimiento por su estado de salud y una banda decidió tocar especialmente para él. Pero cuando se conoce cómo se produjo el encuentro, quiénes participaron y qué significa para una persona enferma recuperar por un rato una parte de su vida cotidiana, la anécdota adquiere otra dimensión.
El protagonista es Tim Berry, un paciente de 27 años de Bruyère Health que soñaba con vivir la experiencia de un concierto de heavy metal. Su situación médica hacía imposible trasladarlo hasta una sala convencional, de modo que Roshene Lawson, capellana clínica de la institución, decidió preguntarle no solamente por aquello que había perdido a causa de su enfermedad, sino también por aquello que todavía quería hacer mientras pudiera. La respuesta fue concreta: quería ir a un recital de metal.
A partir de allí comenzó una cadena de voluntades que terminó transformando una sala de reuniones del quinto piso de Bruyère Health en un escenario. Lawson se puso en contacto con Scott McClinton, propietario de The Dominion Tavern, un conocido espacio de la escena musical de Ottawa. McClinton consiguió el equipamiento de sonido y luces y convocó a The Scepter, una banda local de heavy metal que aceptó inmediatamente participar. El hospital preparó la sala, trasladó allí al paciente y hasta confeccionó una entrada personalizada para el concierto. El personal también le pintó las uñas de negro y Berry llegó al recital con una camiseta de Iron Maiden.
No fue, sin embargo, una versión simbólica de un concierto. The Scepter decidió hacer un espectáculo completo. Josh Collins, guitarrista y compositor de la banda, explicó a CTV News que si iban a hacer un show de heavy metal tenían que hacerlo al cien por ciento: no había que reducirlo ni suavizarlo, sino llevarlo «al 11». Para una banda cuya identidad está construida alrededor de la energía del heavy y el power metal, la decisión tenía sentido. Berry no había pedido simplemente música para acompañar una tarde en el hospital. Había pedido un concierto. Y eso fue lo que recibió.
La escena tuvo, además, algo que explica por qué la historia terminó trascendiendo a la comunidad metalera. Otros pacientes pudieron acercarse a presenciar la presentación, mientras médicos y enfermeros acompañaban el acontecimiento. Lawson contó a CBC que algunos integrantes del personal terminaron abrazándola y llorando después del espectáculo. El propio Berry lloró durante la presentación, pero no por la potencia de las guitarras. Cuando Lawson bromeó preguntándole si las lágrimas eran porque el concierto estaba demasiado fuerte, él respondió que lloraba porque estaba feliz.
Ese detalle probablemente sea el centro de toda la historia.
Porque no estamos hablando de medicina alternativa, ni de atribuirle a la música poderes que no tiene. Un recital no cura una enfermedad terminal y una guitarra no sustituye un tratamiento. Lo que sí puede hacer la música es devolverle a una persona una parte de su identidad cuando las circunstancias empiezan a reducirla a su condición médica. El paciente deja de ser solamente el hombre internado en una habitación y vuelve a ser, durante un rato, lo que era antes de que el hospital organizara su vida: un fan de heavy metal esperando que empiece un concierto.
Y allí es donde The Scepter adquiere un papel que va mucho más allá de haber realizado un gesto amable.
The Scepter es una banda nacida en Ottawa en 2018 alrededor del guitarrista Josh Collins y construida dentro de la escena metalera de la capital canadiense. Su propuesta se mueve dentro del heavy y el power metal de raíz clásica y la banda fue desarrollando progresivamente una identidad propia dentro de la escena local. En 2025 incorporó al cantante JP Abboud, quien llegó después de haber participado en otras formaciones de la escena canadiense, y durante julio de 2026 publicó Shadows in the Tower, su primer álbum de larga duración. El concierto de Bruyère llegó, por lo tanto, en un momento especialmente significativo para un grupo que estaba comenzando a proyectarse hacia una etapa más ambiciosa de su carrera.
Pero la importancia de The Scepter en esta historia no reside solamente en su trayectoria. Tiene que ver con su pertenencia a una comunidad. No estamos ante una estrella internacional que realiza una visita institucional ni ante un artista que llega a un hospital como parte de una campaña publicitaria. Es una banda de Ottawa que participa de la misma escena cultural de la ciudad en la que vive el paciente. Y esa cercanía permite entender mejor cómo pudo producirse el encuentro.
La música en vivo suele ser pensada desde el escenario hacia el público. Los músicos tocan y los espectadores se desplazan para escucharlos. Pero un concierto también puede pensarse al revés. ¿Qué sucede cuando el público no puede desplazarse? En Ottawa, la respuesta fue modificar el recorrido sin modificar el contenido. The Scepter no dejó de ser una banda de heavy metal para tocar en un hospital. El hospital se convirtió, por una noche, en un lugar capaz de recibir a una banda de heavy metal.
Ahí aparece una dimensión artística que vale la pena destacar. El paciente no pidió «música». Pidió heavy metal. Quería aquello que forma parte de sus gustos, de su memoria y probablemente de una parte importante de su identidad. Respetar ese pedido significaba no transformar su deseo en algo más cómodo para quienes lo rodeaban. No había que darle una versión domesticada de aquello que amaba. Había que llevarle aquello que había pedido. Y eso fue exactamente lo que hizo The Scepter.
Hay algo particularmente interesante en esta historia cuando se la observa desde la idiosincrasia de las sociedades canadiense, estadounidense y argentina. No porque una de ellas sea necesariamente más solidaria que las otras, ni porque exista una fórmula nacional para responder ante una situación semejante. Las tres tienen tradiciones comunitarias muy fuertes, aunque se expresan de maneras diferentes. Lo que cambia es la forma en que una buena intención se transforma en una acción concreta.
En Ottawa, la historia parece construirse desde una lógica de comunidad organizada: una profesional del hospital escucha al paciente, alguien vinculado a la escena musical toma el pedido, consigue los elementos necesarios, una banda acepta, la institución encuentra el espacio y todos ponen algo para que finalmente suceda. Hay iniciativa individual, por supuesto, pero también una capacidad de articular esa iniciativa con otras personas e instituciones. Nadie tiene que hacerlo todo solo.
En Estados Unidos probablemente encontraríamos una respuesta atravesada con mayor fuerza por otra característica cultural: el enorme peso de la iniciativa privada, la filantropía, el voluntariado y la capacidad de individuos y organizaciones para movilizar recursos alrededor de una causa. Una banda podría hacer exactamente lo mismo, un hospital podría organizarlo y una fundación podría financiarlo. El resultado humano no tendría por qué ser diferente. Lo que cambiaría sería el camino cultural mediante el cual se llega a él.
Y en Argentina, donde la solidaridad cotidiana suele tener una enorme carga afectiva y donde la cercanía personal pesa tanto, probablemente aparecería con mucha fuerza esa capacidad tan nuestra de resolver desde los vínculos. Alguien conoce a alguien, ese alguien tiene un contacto, otro consigue el equipo, un músico se suma, alguien presta el lugar y, después de una cadena de llamadas y favores, aquello que parecía difícil termina ocurriendo. Esa espontaneidad es una de nuestras mayores fortalezas sociales, aunque también revela una dificultad: muchas veces dependemos demasiado de la voluntad de personas concretas y de redes informales para conseguir aquello que debería poder sostenerse de manera más permanente.
No se trata, entonces, de comparar quién es más bueno, más solidario o más humano. Se trata de observar tres maneras culturales diferentes de responder ante una misma pregunta: ¿qué hacemos cuando una persona que está atravesando una situación difícil quiere recuperar, aunque sea durante un rato, algo que le pertenece como individuo?
Canadá parece responder desde una comunidad capaz de organizarse alrededor del deseo. Estados Unidos tiene una fuerte tradición de iniciativa individual y privada. Argentina posee una extraordinaria capacidad de movilización afectiva y de solidaridad desde la cercanía. Los caminos son diferentes, pero la necesidad que reconocen es la misma. Y esa necesidad no es exclusivamente médica.
Una persona internada sigue queriendo escuchar música, hablar con sus amigos, leer, mirar una película, festejar su cumpleaños o ver a su banda favorita. La enfermedad puede alterar todas esas posibilidades, pero no debería borrar el hecho de que siguen formando parte de su vida. Allí es donde el arte adquiere una función que no puede medirse en términos clínicos.
No cura. No reemplaza un tratamiento. No modifica un diagnóstico. Pero puede devolver una sensación de normalidad que, en determinadas circunstancias, resulta extraordinariamente valiosa.
Durante décadas, el género fue presentado como una expresión cultural incómoda. En Estados Unidos, especialmente durante los años ochenta, fue objeto de campañas de censura y de una discusión pública que pretendía asociarlo con violencia, decadencia y peligro para los jóvenes. En Canadá, como en buena parte del mundo occidental, el metal también se desarrolló durante años dentro de circuitos alternativos antes de convertirse en una tradición cultural reconocible. En Argentina, el recorrido tuvo características propias: el heavy metal se desarrolló primero en los márgenes de la industria cultural y encontró en los recitales, las revistas especializadas, las disquerías, las radios y, fundamentalmente, en sus seguidores, los espacios para construir una escena propia. Durante los años ochenta, en plena recuperación democrática, aquella música que todavía podía ser mirada con desconfianza por buena parte de la sociedad fue consolidándose como una expresión cultural de miles de jóvenes que encontraron en ella identidad, pertenencia y una forma de reconocerse entre pares.
Hoy, varias décadas después, una banda de heavy metal puede entrar en un hospital y convertirse en protagonista de una experiencia de cuidado.
La paradoja resulta inevitable.

Aquello que alguna vez fue señalado como una amenaza para la sociedad puede convertirse, en determinadas circunstancias, en una de las herramientas que una comunidad utiliza para acompañar a una persona.
Pero quizá el metal no haya cambiado tanto. Lo que cambió fue la sociedad que lo observa.
Y The Scepter, en ese sentido, representa bastante bien la continuidad de una tradición. La banda no tuvo que abandonar su identidad para realizar el gesto. No tuvo que convertir el heavy metal en otra cosa para hacerlo compatible con un hospital. Su decisión fue justamente la contraria: llevar la música hasta donde estaba quien quería escucharla.
Eso también es respeto artístico.
Porque muchas veces, cuando pensamos en acciones solidarias vinculadas con el arte, terminamos convirtiendo al artista en alguien que debe «dar» algo. En este caso ocurrió algo diferente. The Scepter hizo aquello para lo cual existe: tocó. La solidaridad estuvo en poner su música, su tiempo y su trabajo a disposición de una persona que no podía acceder a ellos por los medios habituales.
Por eso quizás sea más apropiado hablar de cultura comunitaria que de caridad. Una banda pertenece a una escena. Un espectador pertenece a esa misma escena. Un hospital pertenece a una comunidad. Y, cuando esas tres dimensiones consiguen encontrarse, puede ocurrir algo que no estaba previsto en ningún programa médico: un concierto.
Hay una escena final que resume todo lo ocurrido y que probablemente explique por qué la historia conmovió tanto a quienes la conocieron. Cuando terminó la presentación, no quedó solamente el recuerdo de unas canciones tocadas dentro de un hospital. Quedó la imagen de un joven que había pedido algo y que consiguió tenerlo.
No necesitaba que alguien le explicara que estaba enfermo. Necesitaba que alguien entendiera que seguía siendo él.
Quizás esa sea una de las funciones más profundas del arte: recordarnos quiénes somos cuando las circunstancias amenazan con reducirnos a aquello que nos pasa.
Y quizá también allí pueda encontrarse una diferencia esencial entre asistir a un recital y organizar un recital para alguien que no puede salir de una habitación. En el primer caso, el público busca al artista. En el segundo, el artista busca al público.
El 21 de julio de 2026, en Ottawa, The Scepter hizo exactamente eso. Llevó el escenario hasta donde estaba el espectador.
Y en ese gesto sencillo quedó encerrada una historia mucho más grande que un concierto de heavy metal. Una historia sobre una banda joven que entiende que la música también se construye en comunidad; sobre un hospital que pudo abrir un espacio para algo que no figuraba en ningún tratamiento; sobre una persona que, en medio de una situación límite, pudo volver a ser simplemente un fan; y sobre tres sociedades que, cada una a su manera, tienen distintas formas de transformar la solidaridad en una acción concreta.
Al final, no fue la enfermedad la que definió aquella noche. Fue la música. Y durante un rato, en el quinto piso de un hospital de Ottawa, el heavy metal hizo lo que hace desde hace décadas: reunió a personas alrededor de algo que aman.
Solo que esta vez el escenario estaba exactamente donde tenía que estar. Donde estaba quien necesitaba escucharlo.

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