Hay canciones que envejecen. Hay otras que, con el paso del tiempo, adquieren nuevos significados. Y hay canciones que, directamente, obligan a preguntarse qué fue de aquel artista que alguna vez las cantó.
Boy George acaba de poner en circulación una de esas preguntas.
El hombre que alguna vez apareció en televisión con maquillaje, sombreros imposibles, ropa andrógina y una estética que desafiaba a una sociedad todavía mucho más hostil con las identidades disidentes que la actual, acaba de publicar “We Will Dance Again” —“Od Nirkod”, en hebreo—, una canción de apoyo a Israel que rechaza describir como genocidio la devastación de Gaza y presenta la ofensiva militar israelí como una respuesta a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. El tema, publicado en sus redes sociales y no en las plataformas habituales de streaming, también apunta contra músicos y activistas que respaldan la causa palestina. No lo publicamos porque no es nuestra política reproducir cualquier cosa por el simple hecho de ser llamado arte por su autor. Dejamos el link aquí para quien desee escucharlo.
La primera frase ya establece el abismo: “You say genocide, I say war”.
Tú dices genocidio. Yo digo guerra.
Y en esa diferencia semántica hay mucho más que una discusión política. Hay una disputa por el significado de las palabras cuando detrás de ellas hay cuerpos.
Porque mientras Boy George decide discutir el nombre de la tragedia, organismos internacionales vienen describiendo sus dimensiones.
En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes habían cometido y continuaban cometiendo actos de genocidio contra los palestinos de Gaza. En junio de 2026, esa misma comisión volvió a denunciar la continuidad de crímenes de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra, con especial énfasis en el impacto sobre los niños palestinos. Israel rechaza esas acusaciones.
Esto no significa negar el horror del 7 de octubre. Los asesinatos de civiles israelíes y la toma de rehenes fueron atroces. Tampoco significa negar el derecho de las personas judías a vivir sin miedo, ni convertir el antisemitismo en una herramienta de discusión política. Precisamente por eso resulta tan difícil aceptar una canción que parece plantear que para defender a unos muertos hay que volver invisibles a otros.
Una vida artística construida contra las etiquetas
La contradicción duele más cuando se recuerda quién fue Boy George.
George Alan O’Dowd nació en Londres en 1961. En los primeros años ochenta apareció con Culture Club en un mundo musical que todavía no sabía muy bien qué hacer con un hombre que podía presentarse en televisión con una apariencia deliberadamente femenina, maquillaje, ropa extravagante y una sexualidad que no necesitaba pedir permiso.
Culture Club no fue solamente una máquina de fabricar éxitos. Fue también una bofetada estética.
“Do You Really Want to Hurt Me”, “Time”, “Church of the Poison Mind”, “Karma Chameleon”. Canciones pop, soul, reggae, new wave. Una mezcla amable en apariencia, pero protagonizada por un artista que convirtió la diferencia en una forma de presencia pública.
En 1983 y 1984, cuando Culture Club se convirtió en uno de los grupos más populares del planeta, Boy George no necesitó pronunciar discursos para hacer política cultural: su propio cuerpo, su imagen y su manera de existir en el espacio público eran una discusión política.
Y entonces llegó “The War Song”.
Culture Club publicó el tema en 1984, en plena Guerra Fría, y alcanzó el número dos en el Reino Unido. Era una canción explícitamente antibélica. Décadas después, George explicó que mucha gente era políticamente ignorante y que la sociedad presentaba la guerra como algo glamoroso.
Ese dato debería escucharse hoy con atención.
Porque cuatro décadas después, el mismo hombre que alguna vez cuestionaba la fascinación con la guerra parece haber decidido cantarle a una de las narrativas que justifican una campaña militar devastadora.
No es simplemente un cambio de opinión.
Es una transformación mucho más incómoda.
El artista que sobrevivió a ser diferente
La historia de Boy George tampoco es una línea recta de virtud.
Su carrera estuvo atravesada por el éxito, las drogas, las adicciones, conflictos personales, escándalos, períodos de caída y reconstrucción. Fue DJ, compositor, actor, diseñador, personalidad televisiva y artista solista. Regresó una y otra vez a Culture Club y siguió trabajando durante décadas.
Y, paradójicamente, siguió siendo una figura asociada a la posibilidad de vivir por fuera de las normas tradicionales.
En los últimos años también mostró posiciones más complejas respecto de las discusiones contemporáneas sobre identidad y política LGBTQ+. En 2025 cuestionó incluso la utilidad de ciertas formas actuales de política identitaria queer, al mismo tiempo que defendía posiciones que había sostenido durante décadas.
Eso importa porque Boy George no fue simplemente un cantante que tuvo éxito.
Fue alguien que conoció, en carne propia, lo que significa ser convertido en “el otro”.
Y quizá por eso la pregunta que hoy aparece no es solamente política.
Es humana.
¿Qué pasa cuando el diferente deja de reconocer al diferente?
La canción nueva no se limita a defender a Israel.
También dispara contra quienes apoyan a Palestina. Critica a músicos que levantan banderas palestinas y los acusa de repetir propaganda o de tener una memoria selectiva.
Ahí aparece uno de los problemas centrales.
Porque se puede condenar el antisemitismo sin justificar el asesinato de palestinos.
Se puede condenar a Hamás sin convertir a toda la población palestina en responsable.
Se puede defender la existencia y la seguridad de Israel sin negar el derecho de los palestinos a existir, vivir, desplazarse, tener una casa, una escuela, un hospital y un futuro.
Y se puede recordar el 7 de octubre sin utilizarlo como una autorización moral para todo lo que ocurrió después.
La humanidad no debería funcionar como un campeonato de muertos.
Un niño muerto no pregunta de qué lado estaba su gobierno.
No pregunta si sus padres votaban bien. No pregunta si pertenecía a Hamás. No sabe qué es la geopolítica. Tiene miedo. Tiene hambre. Tiene una madre. Tiene un padre. Tiene un nombre.
Y cuando una bomba cae sobre una casa, ese niño no se convierte en una estadística porque una canción decida llamar “guerra” a lo que otros organismos internacionales han caracterizado como genocidio.
Ese es el punto en el que el debate deja de ser musical.
La canción y la contradicción
Hay algo especialmente perturbador en escuchar a Boy George cantar hoy sobre una guerra que debe continuar cuando se recuerda aquella vieja canción de Culture Club.
Porque “The War Song” no era solamente una canción antibélica. Era una advertencia sobre nuestra capacidad para convertir la violencia en espectáculo.
Y ahora el mismo artista utiliza un ritmo reggae —una música nacida de la experiencia histórica de un pueblo atravesado por colonialismo, desigualdad y resistencia— para construir un mensaje que desestima la denuncia del sufrimiento palestino.
La contradicción artística es demasiado grande para ignorarla. Pero hay algo todavía más profundo. Boy George alguna vez hizo de su diferencia una bandera.
Ahora parece utilizar su enorme plataforma para decirle al mundo que algunas víctimas merecen ser recordadas y otras deben ser incorporadas al pie de página de una explicación militar. Y eso es exactamente lo que no debería hacer el arte.
El arte debería incomodar al poder. No ayudarlo a dormir.
No se trata de exigir que todos los músicos piensen igual.
La libertad artística incluye el derecho de Boy George a defender Israel, cuestionar a Hamás, denunciar el antisemitismo y expresar sus convicciones políticas. También incluye el derecho de otros artistas a defender Palestina, denunciar al gobierno israelí o reclamar un alto el fuego.
Pero la libertad de expresión no convierte una afirmación en verdad. Y una canción tampoco transforma una tragedia en otra cosa. La música puede ser propaganda. Puede ser resistencia. Puede ser memoria. Puede ser consuelo. Puede ser una mentira hermosa. Y puede ser también una manera de mirar hacia otro lado.
Del “Karma Chameleon” al espejo
Hay una ironía casi perfecta en todo esto.
Boy George hizo de “Karma Chameleon” uno de los himnos más reconocibles de los años ochenta. En 2026 incluso volvió a grabarlo utilizando herramientas de inteligencia artificial, buscando reconstruir parte de la voz que tenía cuando era joven.
Pero el karma, esta vez, no está en una melodía. Está en el espejo.
Porque un artista que pasó buena parte de su juventud demostrando que las etiquetas podían ser trampas debería saber mejor que nadie lo peligroso que resulta definir quién merece nuestra empatía y quién no.
La historia de Boy George es fascinante justamente porque nunca fue sencilla. Fue el chico diferente que conquistó MTV. Fue el hombre que habló de guerra. Fue una figura gay visible en una época mucho más cruel. Fue un artista que cayó y volvió. Fue un personaje que hizo de su propia contradicción una marca.
Y ahora es también el hombre que decide cantar que lo que algunos llaman genocidio él lo llama guerra. Eso no borra “Karma Chameleon”. No borra “Do You Really Want to Hurt Me”. No borra Culture Club. No borra “The War Song”.
Pero sí obliga a volver a escuchar esas canciones desde otro lugar. Porque cuando un artista cambia, también cambia nuestra manera de escuchar su pasado.
Y quizás eso sea lo más doloroso. No que Boy George haya cambiado de posición política.
Sino que alguien que alguna vez supo lo que significaba ser visto como un extraño parezca haber olvidado que del otro lado de cada frontera, de cada uniforme y de cada bandera también hay seres humanos.
Hoy, mientras Gaza sigue cargando con muertos, heridos, hambre, destrucción y una infancia quebrada, la discusión no debería ser quién tiene la mejor canción.
Debería ser mucho más elemental.
¿Quién está dispuesto a mirar a todas las víctimas a los ojos?
¿Quién es capaz de condenar el asesinato de civiles israelíes sin dejar de llorar por los civiles palestinos?
¿Quién puede defender la vida de los judíos sin negar la vida de los palestinos?
¿Quién puede decir “nunca más” sin agregar, inmediatamente después, “pero esta vez sí”?
Porque si una canción necesita que dejemos de mirar a una parte de las víctimas para poder funcionar, entonces quizá el problema no esté en quienes la critican.
Quizá el problema esté en lo que esa canción necesita que olvidemos.
Y frente a una tragedia de semejante magnitud, olvidar también puede ser una forma de violencia.

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