Hay artistas cuya voz es imposible de confundir. Y hay otros que, además, consiguen que esa voz se convierta en parte de la memoria colectiva de millones de personas. Bonnie Tyler pertenecía a esa categoría. Fallecida ayer a los 75 años, la cantante galesa deja un legado construido a lo largo de cinco décadas, con canciones que marcaron una época y una manera de entender el rock, el pop y la balada épica.
La salud de Bonnie Tyler se había deteriorado en los últimos meses. El 6 de mayo pasado fue sometida a una intervención quirúrgica de urgencia en un hospital de Faro, Portugal, ciudad donde había fijado su residencia, tras sufrir una perforación intestinal. Debido a la gravedad del cuadro, los médicos decidieron inducirle un coma farmacológico mientras permanecía internada en la unidad de cuidados intensivos.
Durante el proceso para retirarle la sedación, la cantante sufrió un paro cardíaco del que pudo ser reanimada por el equipo médico. Días más tarde, su representante informó que continuaba en estado crítico, aunque estable, y que los profesionales mantenían expectativas favorables sobre su recuperación.
El 15 de junio logró despertar del coma inducido, pero su estado seguía siendo extremadamente delicado. Finalmente, pese a los esfuerzos del personal médico, Bonnie Tyler falleció ayer, a los 75 años, como consecuencia de las complicaciones derivadas de la afección que motivó su internación.
Nacida como Gaynor Hopkins el 8 de junio de 1951 en Skewen, al sur de Gales, comenzó cantando en clubes nocturnos hasta que en 1976 una intervención quirúrgica para extirpar nódulos en sus cuerdas vocales cambió su destino. Durante la recuperación no respetó el reposo indicado por los médicos y aquella imprudencia terminó dándole el sello que la haría inmortal: una voz ronca, áspera, poderosa y cargada de dramatismo.
Lo que para cualquier cantante habría significado el final de una carrera, para Bonnie Tyler fue el nacimiento de una identidad artística irrepetible.
Su primer gran éxito internacional fue «It’s a Heartache», publicada en 1977. La canción escaló los rankings de Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia, convirtiéndose en uno de los sencillos más vendidos de aquel año y presentando al mundo una intérprete capaz de combinar la sensibilidad del country con la fuerza del rock.
Pero en Argentina ocurrió algo que pocos artistas extranjeros pueden exhibir. Con el paso del tiempo, «It’s a Heartache» dejó de ser solamente un éxito radial para transformarse en un verdadero himno de tribuna. Su melodía fue adoptada por numerosas hinchadas de fútbol, que la resignificaron con distintas letras hasta convertirla en parte del paisaje sonoro de los estadios argentinos. Esa apropiación popular hizo que varias generaciones la reconocieran incluso antes de saber quién era Bonnie Tyler, un fenómeno reservado para muy pocas canciones internacionales.
El gran salto a la inmortalidad llegaría en 1983 cuando apareció en su camino Jim Steinman, el visionario compositor que ya había revolucionado la carrera de Meat Loaf. Juntos dieron forma a «Total Eclipse of the Heart», una de las canciones más emblemáticas de toda la década del ochenta.
La combinación entre la producción grandilocuente de Steinman y la intensidad interpretativa de Tyler dio origen a una obra que trascendió cualquier etiqueta. El videoclip, convertido en un clásico de MTV, y el éxito mundial del sencillo hicieron que Bonnie Tyler alcanzara el número uno en Estados Unidos, el Reino Unido y numerosos países más.
Un año después volvería a conquistar al mundo con «Holding Out for a Hero», incluida en la banda sonora de Footloose. Desde entonces, el tema pasó a formar parte de innumerables películas, series, videojuegos y comerciales, consolidándose como otro de los grandes himnos del pop-rock de los años ochenta.
Discos como Faster Than the Speed of Night, Secret Dreams and Forbidden Fire, Hide Your Heart y Bitterblue terminaron de construir una carrera que nunca dependió exclusivamente de un solo éxito. Tyler continuó grabando y girando durante las décadas siguientes, especialmente en Europa, donde mantuvo una enorme popularidad.
En 2013 representó al Reino Unido en el Festival de Eurovisión con «Believe in Me», demostrando que seguía siendo una artista vigente y querida por nuevas generaciones. Su último álbum de estudio, The Best Is Yet to Come (2021), fue una declaración de principios: incluso después de más de cuarenta años de carrera seguía creyendo que todavía quedaba música por hacer.
Bonnie Tyler vendió más de cien millones de discos, obtuvo discos de oro y platino en todo el mundo y recibió múltiples reconocimientos internacionales. Sin embargo, quizá su mayor logro haya sido otro: construir un sonido imposible de imitar.
Mientras muchas voces buscan la perfección técnica, la de Bonnie Tyler transmitía humanidad. Sonaba quebrada, intensa, imperfecta… y justamente por eso resultaba profundamente auténtica.
Los años ochenta perdieron hoy una de sus voces más emblemáticas. Pero también se fue una artista que supo atravesar generaciones sin quedar presa de la nostalgia.
Cada vez que suenen los primeros acordes de «It’s a Heartache», «Total Eclipse of the Heart» o «Holding Out for a Hero», no sólo volverá una cantante excepcional. Regresará una época en la que las canciones eran capaces de emocionar, de llenar estadios y de convertirse, para siempre, en parte de la vida de millones de personas.
Porque algunas voces dejan de cantar.
Las verdaderamente grandes nunca dejan de escucharse.

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