El 16 de agosto de 1977, el mundo recibió una noticia que parecía imposible: Elvis Presley había muerto. Tenía apenas 42 años. Había fallecido en Graceland, su casa de Memphis, después de haber construido en poco más de dos décadas una de las carreras más extraordinarias, contradictorias e influyentes de la historia de la música popular. Hoy, 49 años después, Elvis sigue siendo mucho más que un recuerdo.
Porque hablar de Elvis Presley es hablar de uno de los hombres que ayudaron a transformar el rock en un fenómeno cultural de alcance masivo. Su aparición a mediados de los años ’50 no fue simplemente la llegada de un cantante exitoso: fue la irrupción de una nueva manera de cantar, de moverse, de presentarse sobre un escenario y, fundamentalmente, de relacionarse con una juventud que comenzaba a reclamar su propio espacio.
Elvis no inventó el rock and roll. Antes de él estaban el rhythm & blues, el gospel, el country y una enorme cantidad de músicos negros que habían construido las bases sobre las cuales se levantaría aquel nuevo sonido. El propio Elvis absorbió esas influencias durante su adolescencia en Memphis y las convirtió en parte de una identidad musical propia. En 1954, su primera grabación para Sun Records —“That’s All Right”— puso en marcha una carrera que cambiaría para siempre la música popular.
Y allí aparece una de las grandes paradojas de su historia. Elvis fue, al mismo tiempo, revolucionario y producto de una industria que supo convertir esa revolución en mercancía. Su voz, su sensualidad, su imagen y sus movimientos escandalizaron a buena parte de la sociedad estadounidense de los años 50, mientras las compañías discográficas, Hollywood y la televisión descubrían rápidamente el enorme negocio que podía construirse alrededor de aquel muchacho de Memphis.
En 1956 llegó la explosión definitiva. Elvis se convirtió en una sensación nacional e internacional. Las apariciones televisivas, los discos, las películas y las presentaciones en vivo construyeron una figura que trascendió la música. Graceland, comprada por Elvis en 1957, terminó convirtiéndose en el símbolo físico de aquel fenómeno.
Pero reducir a Elvis a sus años de explosión sería injusto. También estuvo el soldado que cumplió su servicio militar, el cantante que regresó a los escenarios después de Hollywood, el artista que recuperó buena parte de su potencia durante su etapa de conciertos y el intérprete que encontró en el gospel una de las expresiones más profundas de su carrera. De hecho, sus tres premios Grammy fueron obtenidos por grabaciones de música gospel.
La década del 70 mostró otra cara. Elvis continuó trabajando prácticamente hasta el final. Realizaba giras, grababa y llenaba escenarios, aun cuando su estado físico se había deteriorado considerablemente. Su último concierto tuvo lugar el 26 de junio de 1977 en el Market Square Arena de Indianápolis. Menos de dos meses después, el 16 de agosto, moriría en Graceland.
La muerte no terminó con Elvis Presley. En cierto modo, comenzó otra etapa de su existencia: la de mito. Su figura fue reproducida, imitada, discutida, homenajeada y también comercializada hasta el infinito. Pero detrás de los imitadores, los disfraces y las caricaturas permanece algo mucho más importante: la música.
Porque cuando desaparece todo lo accesorio, todavía queda aquella voz. Queda el Elvis de “That’s All Right”, el de “Heartbreak Hotel”, “Hound Dog”, “Jailhouse Rock”, “Suspicious Minds” y tantas otras canciones que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
Y queda también una pregunta que quizás sea más interesante que preguntarnos si Elvis fue realmente “el Rey del Rock”: ¿qué habría sido del rock popular sin Elvis Presley?
Es imposible responderla con certeza. Lo que sí podemos afirmar es que después de Elvis la cultura juvenil, el espectáculo y la música popular ya no volvieron a ser exactamente los mismos.
Según Graceland, Elvis ha superado la cifra de mil millones de unidades vendidas en todo el mundo y continúa siendo considerado una de las figuras más importantes de la cultura popular del siglo XX.
Cuarenta y nueve años después de aquella mañana de agosto en Memphis, Elvis sigue apareciendo cada vez que alguien pone un disco, descubre una canción, se para frente a un escenario o entiende que el rock no es solamente un género musical.
Es también una actitud. Y mientras siga sonando su música, aquel 16 de agosto de 1977 no habrá sido realmente el final. Elvis murió hace 49 años. El Rey, en cambio, sigue sonando.

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