(Fabián Solari) Hay algo particularmente incómodo en escuchar a un músico como Blackie Lawless hablar de Estados Unidos con una certeza que parece no admitir discusión.
No porque Blackie no tenga derecho a sentirse orgulloso de su país. Lo tiene. Tampoco porque Estados Unidos carezca de logros extraordinarios. Sería absurdo negarlo: su peso científico, tecnológico, cultural, económico y militar es indiscutible.
El problema aparece cuando el orgullo patriótico pretende convertirse en una descripción objetiva de la realidad mundial. En una entrevista difundida por Blabbermouth.net el 17 de septiembre de 2026, el líder de W.A.S.P. afirmó:
“Anybody living in the United States that thinks that it’s not the best in the world, you need your head examined.”
Es decir: cualquiera que viva en Estados Unidos y piense que su país no es el mejor del mundo necesita que le examinen la cabeza.
No hace falta examinarle la cabeza a nadie. Hace falta examinar los datos.
El problema de confundir potencia con superioridad
Estados Unidos es una superpotencia. Eso es un hecho. Pero ser una superpotencia no significa ser el país que funciona mejor en todos los aspectos de la vida social. Y justamente ahí se derrumba la afirmación de Lawless.
La OCDE compara periódicamente a Estados Unidos con otros países desarrollados. En su informe Health at a Glance 2025, por ejemplo, señala que la esperanza de vida estadounidense era de 78,4 años, 2,7 años por debajo del promedio de la OCDE.
La mortalidad prevenible alcanzaba 217 muertes cada 100.000 habitantes, frente a 145 como promedio de la organización. La mortalidad tratable era de 95 frente a 77. Y hay un dato especialmente difícil de compatibilizar con la idea de una superioridad absoluta: Estados Unidos gastaba 14.885 dólares por habitante en salud, más del doble del promedio de la OCDE, que era de 5.967 dólares. Es decir: Estados Unidos no solamente gasta muchísimo más. En varios indicadores fundamentales de salud poblacional, obtiene resultados inferiores al promedio de los países desarrollados con los que se compara.
Eso no convierte a Francia, Alemania, Canadá o Japón en países perfectos. Simplemente demuestra que la frase “Estados Unidos es el mejor del mundo” no resiste una comparación seria
“Acá te van a atender”
Lawless utiliza como argumento el caso de su excompañero Chris Holmes, actualmente en Francia y atravesando un tratamiento oncológico complejo.
El caso de Holmes es dramático y merece toda la solidaridad. Pero una experiencia individual —por dolorosa que sea— tampoco puede utilizarse para explicar cómo funciona un sistema sanitario entero.
Según el relato publicado por Blabbermouth, Holmes tuvo problemas administrativos con su cobertura sanitaria en Francia y su familia denunció importantes gastos médicos y demoras. Eso puede y debe ser criticado.
Pero de ahí no se desprende que el sistema estadounidense sea universalmente superior.
Los propios datos oficiales estadounidenses muestran que en 2025 26,7 millones de personas —el 7,9% de la población— permanecieron sin seguro médico durante todo el año. Y la comparación internacional vuelve a ser incómoda.
Francia también tiene problemas de acceso: la OCDE registra un 4,1% de personas que declararon necesidades sanitarias no satisfechas. No es un sistema perfecto.
Pero tampoco existe fundamento para presentar la sanidad estadounidense como una especie de servicio médico universal, inmediato y garantizado para cualquiera que cruce la frontera.
La realidad es bastante más compleja. Y precisamente porque es compleja merece ser discutida con datos y no con patriotismo.
Un país rico donde millones siguen viviendo en la pobreza
Estados Unidos tiene una de las economías más poderosas de la historia. Pero la riqueza nacional no se distribuye automáticamente entre todos sus habitantes.
El propio Census Bureau informó que en 2025 la tasa oficial de pobreza fue del 10,2%, equivalente a 34,5 millones de personas.
Si se utiliza la Supplemental Poverty Measure, que incorpora impuestos, gastos médicos, costos laborales y programas sociales, el resultado fue del 13,1%.
Treinta y cuatro millones y medio de personas viviendo por debajo de la línea oficial de pobreza no convierten a Estados Unidos en un fracaso, pero sí convierten en intelectualmente insostenible afirmar que su modelo social es simplemente “el mejor del mundo” y que quien lo cuestiona necesita un examen psiquiátrico.
El patriotismo puede explicar por qué alguien ama un país. No puede demostrar que ese país sea superior.
El dato que debería incomodar especialmente a un estadounidense
Hay otro indicador que resulta difícil de ignorar: el encarcelamiento.
Según los datos recopilados por Prison Policy Initiative, Estados Unidos tenía aproximadamente 2 millones de personas privadas de libertad y una tasa de encarcelamiento de 664 personas cada 100.000 habitantes, la más alta del mundo según esa fuente.
Se puede discutir qué hacer con el delito, se puede discutir cuánto debe castigar el Estado, se puede discutir la eficacia de las cárceles.
Pero cuando un país con menos del 5% de la población mundial concentra una población carcelaria gigantesca, resulta razonable preguntarse qué clase de sociedad produjo semejante fenómeno no para demonizar a Estados Unidos, para entenderlo.
Incluso la mortalidad infantil introduce una grieta
La imagen de Estados Unidos como país indiscutiblemente superior también encuentra problemas cuando se observan indicadores elementales de bienestar.
En 2023, la mortalidad infantil estadounidense fue de 5,6 muertes por cada 1.000 nacidos vivos.
Ese indicador ubicó a Estados Unidos entre Qatar y Rumania en la comparación utilizada por Commonwealth Fund. La mortalidad de menores de cinco años fue de 6,7 por cada 1.000 nacimientos, y Estados Unidos quedó por encima de más de dos tercios de los países de altos ingresos analizados en esa comparación.
Nuevamente: esto no significa que Estados Unidos sea un país pobre. Significa exactamente lo contrario.
Que un país extraordinariamente rico tiene problemas sociales que no deberían existir en semejante escala. Y esa contradicción es mucho más interesante que cualquier bandera.
El mundo no termina en la frontera estadounidense
Hay algo todavía más profundo en las palabras de Lawless. La frase presupone que aquello que Estados Unidos tiene y otros países no tienen constituye automáticamente una prueba de superioridad.
Pero el razonamiento puede invertirse. Otros países tienen cosas que Estados Unidos no tiene.
Algunos tienen sistemas sanitarios universales.
Otros tienen mayores niveles de protección laboral.
Otros presentan mejores indicadores de esperanza de vida.
Otros ofrecen diferentes modelos educativos, de transporte público, seguridad social o protección frente al desempleo.
Y algunos tienen problemas que Estados Unidos ha conseguido resolver mejor.
Así funciona una comparación seria.
No existe un país perfecto.
Existe una diversidad de modelos sociales que pueden ser estudiados, comparados y criticados.
El mundo no es una competencia deportiva en la que una nación recibe una copa y el resto queda eliminado.
El problema no es amar a Estados Unidos
Blackie Lawless puede amar a Estados Unidos todo lo que quiera.
Puede considerar que vivir allí es extraordinario.
Puede sentirse agradecido por las oportunidades que tuvo.
Puede defender el capitalismo estadounidense.
Puede incluso sostener que Estados Unidos representa el modelo político, económico y cultural que él considera preferible.
Todo eso pertenece al terreno de las ideas.
Lo que no puede hacer es convertir una opinión personal en una evidencia objetiva y, acto seguido, descalificar intelectualmente a quien no la comparte.
Porque hay una diferencia fundamental entre decir:
“Para mí, Estados Unidos es el mejor país del mundo.”
y decir:
“Si no pensás que Estados Unidos es el mejor país del mundo, necesitás que te examinen la cabeza.”
La primera es una opinión.
La segunda es una forma bastante pobre de discutir.
El rock nació, entre otras cosas, para cuestionar certezas
Y aquí aparece la paradoja.
Blackie Lawless pertenece a una tradición musical que construyó buena parte de su identidad alrededor de la rebeldía, la provocación y la ruptura con las convenciones.
El heavy metal nunca necesitó pedir permiso para incomodar.
Por eso resulta curioso que alguien surgido de esa cultura termine defendiendo una idea tan poco rockera como ésta:
“Mi país es el mejor. Si no estás de acuerdo, el problema sos vos.”
No.
El problema es justamente aceptar que una sociedad pueda ser examinada críticamente.
Estados Unidos tiene universidades extraordinarias (también mediocres), científicos extraordinarios (y medio pelo), músicos extraordinarios (también vulgares), escritores extraordinarios (también soporíferos), empresas extraordinarias (y de las otras) y una capacidad cultural enorme (como muchos países).
Y también tiene pobreza.
Tiene personas sin seguro médico.
Tiene desigualdad.
Tiene una esperanza de vida inferior al promedio de la OCDE.
Tiene una tasa de encarcelamiento extraordinariamente elevada.
Tiene mortalidad infantil que puede ser superada por países con muchos menos recursos.
Todo eso también es Estados Unidos.
La grandeza de un país no consiste en esconder sus contradicciones.
Consiste, precisamente, en poder mirarlas de frente.
Por eso no hace falta “examinar la cabeza” de quien dice que Estados Unidos no es el mejor país del mundo.
Tal vez simplemente esté mirando otros datos.
Y quizá —éste es el punto que Lawless parece pasar por alto— conocer el mundo sea precisamente entender que ningún país tiene el monopolio de la verdad.
Ni siquiera Estados Unidos.
Ni siquiera Blackie Lawless.



Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS