La muerte de Marcelo Araujo vuelve a poner en discusión un fenómeno muy argentino: el del periodista que pasa de narrar el deporte a convertirse en parte del negocio.
Araujo murió a los 78 años, dejando detrás de sí una de las voces más reconocibles del fútbol televisado. Durante décadas fue el relator emblemático de Fútbol de Primera, un programa que marcó a generaciones de hinchas frente al televisor. Su estilo grandilocuente y teatral convirtió el relato en espectáculo. Pero su trayectoria también dejó preguntas incómodas sobre el rol del periodismo deportivo en la Argentina.
Detrás del tono épico y de frases que quedaron en la memoria colectiva, Araujo encarnó una transformación profunda: el paso del periodista al animador del negocio del fútbol. No fue el único, claro. Pero sí uno de los más visibles.
Su carrera refleja las contradicciones de un sistema mediático donde el relato del deporte dejó de ser información para convertirse en parte del show. Durante años fue la voz oficial de transmisiones que mezclaban fútbol, publicidad, intereses empresariales y política. Y cuando el negocio cambió de manos, él también cambió de vereda.
Ese recorrido explica por qué su figura divide opiniones. Para muchos fue la voz de los domingos futboleros; para otros, el símbolo de una etapa donde el periodismo deportivo renunció a la distancia crítica para transformarse en propaganda del espectáculo.
Incluso su propia identidad pública es reveladora: nació como Lázaro Jaime Zilberman y construyó el personaje mediático de “Marcelo Araujo”, una marca mucho más rentable para la televisión.
Nada de esto borra su talento como relator. Sería absurdo negarlo. Tenía ritmo, intuición dramática y una capacidad notable para transformar un partido mediocre en un acontecimiento televisivo. Pero justamente allí está la paradoja: el mismo talento que lo convirtió en una voz inolvidable también lo transformó en una pieza funcional del gran negocio del fútbol televisado.
La muerte suele traer homenajes fáciles y recuerdos edulcorados. Pero tal vez el mejor homenaje sea otro: discutir qué tipo de periodismo deportivo queremos.
Porque si algo dejó claro la trayectoria de Lázaro Jaime Zilberman devenido en Marcelo Araujo es que, cuando el periodismo se vuelve parte del espectáculo, el espectáculo termina devorándose al periodismo.
Y entonces la pregunta ya no es quién relata el partido.
La verdadera pregunta es quién está contando la historia… y para quién.


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