Nacida en Rosario a comienzos de los años ’70, Pablo El Enterrador construyó durante más de cinco décadas una trayectoria singular dentro del rock argentino, lejos de los circuitos masivos y con una identidad musical sostenida alrededor del rock progresivo y sinfónico.
Ahora, esa historia entra en su capítulo final. Según el anuncio difundido por la propia banda, Pablo El Enterrador realizará su despedida final el viernes 20 de noviembre de 2026, a las 20.30, en QSR Bar, Santa Fe 1166, Rosario. El concierto lleva como consigna “El acto final” y se presenta como la última gira de la agrupación.
El material de difusión anuncia la participación de Rubén Goldín, Ike Parodi, Claudio Zemp y Willy Echarte, en una noche pensada para recorrer una historia que comenzó mucho antes de que el rock progresivo tuviera un lugar consolidado en la escena argentina.
Una historia que comenzó en Rosario
Los datos sobre el nacimiento exacto de Pablo El Enterrador varían según las fuentes: la propia banda presenta actualmente su recorrido como 1970-2026, mientras que diferentes investigaciones y testimonios ubican su formación entre 1971 y 1973, con su debut público en 1973. Lo que no ofrece demasiadas dudas es su origen rosarino y la composición de aquella primera camada: Jorge “Turco” Antún, Carlos “Koki” Andon Brandolini, Juan Carlos Savia, Rubén Goldín y Lalo de los Santos.
El grupo apareció en un momento particularmente fértil del rock de Rosario. La ciudad comenzaba a desarrollar una escena propia, con músicos que posteriormente tendrían una enorme influencia en la música popular argentina. Goldín y De los Santos, integrantes de aquella primera etapa de Pablo El Enterrador, serían más adelante protagonistas de la denominada Trova Rosarina.
Pero la historia de Pablo tuvo desde el comienzo un camino diferente. Mientras buena parte del rock argentino buscaba consolidarse alrededor de formatos más accesibles, la banda eligió el rock sinfónico y progresivo, incorporando estructuras complejas, largos desarrollos instrumentales, teclados y elementos provenientes de la música clásica y del folklore.
Las influencias de Genesis, Yes, King Crimson, Jethro Tull y Emerson, Lake & Palmer, entre otras, convivieron con una identidad profundamente rosarina y con una preocupación por las composiciones propias.
El misterio detrás del nombre
El nombre de la banda también contribuyó a construir su particular mitología.
Los integrantes frecuentaban el Cementerio de Disidentes de Rosario, donde se reunían a tocar y pasar el tiempo. Allí conocieron a un hombre llamado Pablo, que trabajaba como sepulturero. De esa experiencia surgió el nombre Pablo El Enterrador, una denominación que terminó convirtiéndose en una de las marcas más reconocibles del rock rosarino.
La propia historia del grupo estuvo rodeada durante años por ese componente casi legendario: jóvenes músicos ensayando, experimentando con sonidos, acercándose a la música medieval y clásica y buscando una forma propia de hacer rock en una ciudad que todavía estaba construyendo su escena.
Diez años para llegar al primer disco
Después de diferentes formaciones y varios períodos de actividad, José María Blanc ingresó a la banda a comienzos de los años ’80. Junto a Marcelo Sali, Jorge Antún y Omar López terminaría conformándose la formación que registró el primer álbum. Blanc y Sali se convertirían además en los dos músicos históricos que permanecerían vinculados a la banda durante las décadas siguientes. El primer disco, Pablo El Enterrador, tiene una historia particular: el material fue grabado a fines de los 70/comienzos de los 80 y finalmente editado por RCA Víctor en 1983, casi una década después de los primeros pasos de la agrupación. El álbum se convirtió con el tiempo en una pieza de culto del rock progresivo argentino. Allí aparecen composiciones como “Carrousell de la Vieja Idiotez”, “Elefantes de Papel”, “Quién Gira y Quién Sueña”, “Ilusión en Siete Octavos”, “Accionista”, “Dentro del Corral” y “La Herencia de Pablo”. La utilización de dos teclados fue uno de los rasgos distintivos de aquel sonido. La particularidad de Pablo El Enterrador fue que esa música no quedó limitada al circuito argentino. El primer álbum tuvo circulación en distintos países y, según la historia reconstruida por Viajero Inmóvil, durante los años 90 un productor brasileño descubrió una copia japonesa del disco y comenzó a buscar a la banda. Esa cadena de casualidades contribuyó al regreso del grupo a los escenarios y a su presentación en Brasil.

Una banda que nunca necesitó ser masiva
Hay una característica que atraviesa prácticamente toda la historia de Pablo El Enterrador: su relación con el público nunca dependió de la masividad.
Marcelo Sali explicó que el hecho de cultivar un género que tenía pocos exponentes en Rosario, utilizar instrumentos poco habituales para la época y aparecer públicamente de manera relativamente esporádica fueron construyendo una suerte de misterio alrededor del grupo. Con los años, esa condición terminó convirtiendo al primer álbum en un disco de culto. En los años 90 llegó Pablo El Enterrador 2, también conocido como Sentido de lucha, donde la banda incorporó nuevos elementos a su lenguaje progresivo. Un trabajo académico de la Universidad Nacional de Rosario señala la presencia de influencias del pop-rock de Genesis de los años 80, sin abandonar las raíces progresivas que habían definido al grupo desde sus comienzos. Después de distintas etapas y reencuentros, en 2001 la banda volvió a reunirse sin Omar López. En 2005 falleció Jorge Antún, uno de sus fundadores y pieza fundamental de su sonido. El material que había quedado registrado antes de su muerte finalmente sería publicado en 2016 bajo el título ** Threephonic **. Omar López falleció en 2018.
Cinco décadas después
La historia, sin embargo, no terminó allí.
José María Blanc y Marcelo Sali continuaron sosteniendo el proyecto junto a nuevas generaciones de músicos. En los últimos años se incorporaron intérpretes como Hernán Barriocanal, Román Oviedo y Adrián Pani, además de otros músicos que participaron de distintas presentaciones. En 2023 la banda celebró sus 50 años con un concierto en el Teatro El Círculo y durante 2024 continuó con los festejos, demostrando que aquella música concebida en Rosario durante los primeros años de la década del 70 todavía podía convocar a públicos de distintas generaciones. Y 2026 encontró a Pablo El Enterrador todavía en actividad. En abril presentó en Rosario un nuevo registro histórico: ** Pablo El Enterrador en vivo en el Auditorio Fundación Astengo, viernes 28 de marzo de 1980 **, recuperando una actuación realizada décadas atrás. La presentación volvió a poner en circulación un capítulo prácticamente perdido de la historia de la banda.
Es significativo que el último tramo de la historia incluya precisamente la recuperación de aquel concierto de 1980. La banda que está preparando su despedida vuelve así sobre sus propios archivos, recuperando sonidos de una época en la que todavía estaba buscando la forma definitiva de convertirse en Pablo El Enterrador.
El acto final
El segundo material que acompaña este anuncio lleva una frase que resume la intención de la despedida: “No nos vamos por cansancio ni por peleas. Nos vamos con la obra completa. Con la tranquilidad de haber dado todo.”
Más allá de las palabras del comunicado, hay algo concreto en la historia de Pablo El Enterrador: atravesó cambios de integrantes, períodos de silencio, pérdidas, transformaciones musicales y décadas enteras de modificaciones en la industria y en las formas de escuchar música, pero nunca abandonó el núcleo de aquella propuesta nacida en Rosario.
56 años, si se toma como referencia la cronología que hoy presenta la banda; más de cinco décadas según las reconstrucciones históricas disponibles. En cualquiera de los casos, se trata de una permanencia extraordinaria para un grupo que eligió desde el principio un camino propio.
El viernes 20 de noviembre, Rosario será el escenario de ese último encuentro. Pablo El Enterrador anuncia “El acto final”. No será solamente el cierre de una banda: será también la última página de una de las historias más particulares que produjo el rock rosarino.
Y en una historia marcada desde el comienzo por un nombre ligado a la muerte, quizá haya una última paradoja: Pablo El Enterrador no desaparece de la memoria del rock. Queda su obra, quedan sus discos y queda una música que, durante más de medio siglo, se negó a sonar como cualquier otra.




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