Peter Max murió el 14 de septiembre en Nueva York. Tenía 88 años. Su hijo Adam comunicó la noticia y señaló que el artista atravesaba un cuadro avanzado de demencia.
Para entender qué significa su muerte hay que volver a los Estados Unidos de mediados de los años 60. El país estaba atravesado por la guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles, la expansión de la cultura hippie y una transformación profunda de las costumbres. La música había cambiado. También la ropa, el lenguaje, el cine y la manera de mirar las ciudades. Peter Max encontró allí un territorio que parecía hecho para sus dibujos.
Sus imágenes empezaron a aparecer por todas partes: pósters, revistas, ropa, relojes, vajilla, objetos de decoración. Flores, soles, planetas, estrellas, figuras humanas, arcoíris. Colores intensos y contornos que parecían moverse. Los afiches de Max llegaron a venderse por millones y su nombre terminó estampado sobre unas 70 líneas de productos.
En 1969, Life lo puso en su portada. El título elegido por la revista hablaba del artista como un hombre que se había convertido en millonario gracias a su trabajo. Para entonces, Peter Max ya era una celebridad. Su estudio funcionaba como una empresa y su estética se había convertido en un producto reconocible incluso para quienes jamás habían pisado una galería de arte.
Ese fue uno de los aspectos más particulares de su carrera. Max había conseguido algo que el mundo del arte no siempre estaba dispuesto a aceptar: llevar una estética asociada con la contracultura directamente al mercado masivo.
Sus dibujos podían estar en la pared de una habitación universitaria y, poco después, en un producto comercial. Esa popularidad tuvo un precio. Parte de la crítica especializada consideró que la repetición de sus imágenes y la explotación comercial de su nombre debilitaban su condición de artista. Max no pareció demasiado preocupado por esa discusión. En algún momento llegó a explicar que el enorme negocio alrededor de su obra le molestaba porque había dejado de pintar. Entonces cerró temporalmente aquel aparato comercial y volvió a concentrarse en la pintura.
De Berlín a Nueva York
Peter Max Finkelstein nació en Berlín el 19 de octubre de 1937, en una familia judía. Cuando todavía era un bebé, sus padres abandonaron Alemania ante la persecución nazi. La familia pasó por Shanghái, donde permaneció durante una década, y después vivió en Israel y París antes de instalarse en Nueva York. Max tenía 16 años cuando llegó a Estados Unidos. Aquellos primeros años terminaron dejando marcas visibles en su obra.
En Shanghái había descubierto los colores de un monasterio budista cercano y se había interesado por la caligrafía oriental. En Israel estudió pintura y astronomía. Los planetas, las estrellas y el espacio terminarían apareciendo una y otra vez en sus trabajos.
También estaba fascinado con la cultura estadounidense. Los cómics, las películas y el jazz formaban parte de ese nuevo universo.
Estudió en instituciones como el Art Students League, la School of Visual Arts y el Pratt Institute. Durante los primeros años de su carrera trabajó en diseño gráfico y publicidad. En 1961 abrió un estudio junto con otros diseñadores. El cambio decisivo llegó a mediados de esa década.
Abandonó progresivamente el lenguaje gráfico convencional y comenzó a desarrollar las imágenes que terminarían convirtiéndolo en Peter Max.
El artista que terminó dibujando el sonido de una época
La relación con la música fue inevitable. Max fue amigo de integrantes de The Beatles y realizó retratos de músicos como Jimi Hendrix y Mick Jagger. Su universo visual quedó asociado al mismo clima cultural que rodeaba al rock psicodélico, aunque una de las historias más repetidas sobre esa relación necesita una aclaración.
Durante décadas se atribuyó a Peter Max el diseño de Yellow Submarine. No fue el responsable del aspecto visual de la película ni del diseño oficial del álbum. El trabajo corresponde a Heinz Edelmann. Max sí sostuvo que había realizado trabajos preliminares relacionados con el proyecto, y fuentes vinculadas a su obra hablan de una participación inicial como asesor.
La confusión resulta reveladora. La estética de Max había quedado tan pegada al imaginario psicodélico que su nombre parecía encajar naturalmente en cualquier reconstrucción visual de aquellos años. Su influencia tampoco quedó limitada al rock.
En 1968 rediseñó el escenario de The Tonight Show de Johnny Carson. Pintó a presidentes estadounidenses, celebridades y músicos. Realizó trabajos para los Juegos Olímpicos, el Super Bowl, la Copa del Mundo, las 500 Millas de Indianápolis y otros acontecimientos deportivos. Su obra llegó a un Boeing 777 y a un barco de Norwegian Cruise Line. También diseñó estampillas y numerosas piezas de comunicación institucional.
En otras palabras: la estética que había nacido asociada a la cultura de los años 60 terminó instalada en el corazón mismo de la cultura estadounidense.
La bandera del “Fower Power”
Peter Max nunca fue un artista político en el sentido tradicional del término. Pero sus imágenes quedaron inevitablemente asociadas con una época de protesta y transformación.
La iconografía del flower power necesitaba imágenes reconocibles y Max las proporcionó. Sus soles, flores, colores fluorescentes y paisajes cósmicos funcionaron como una especie de traducción gráfica del optimismo que acompañaba a buena parte de aquella contracultura.
Él mismo insistía en que sus pinturas evitaban deliberadamente las imágenes negativas y buscaban transmitir una idea de paz. Su trabajo estaba atravesado también por el yoga, la meditación y la espiritualidad oriental. Max ayudó incluso a introducir en Estados Unidos al maestro espiritual Swami Satchidananda y a difundir el yoga.
Su universo visual podía resultar ingenuo, excesivamente comercial o directamente kitsch para sus detractores. Pero esa discusión no modifica un dato fundamental: millones de personas reconocían una obra de Peter Max apenas veían sus colores. Eso también es influencia cultural.
El negocio, la fama y las controversias
La dimensión comercial de su carrera fue extraordinaria. Max llegó a manejar un verdadero imperio de productos y galerías. Vendía obra a través de televisión y circuitos comerciales y produjo una cantidad enorme de pinturas. La expansión tuvo también consecuencias.
En 1997 se declaró culpable de fraude fiscal después de que las autoridades estadounidenses lo acusaran de ocultar más de un millón de dólares en ingresos. Fue condenado inicialmente a prisión, aunque finalmente cumplió la pena mediante un régimen de trabajo y realizó 800 horas de servicio comunitario enseñando arte en escuelas de Harlem.
Durante sus últimos años aparecieron además conflictos familiares y disputas legales alrededor de su patrimonio, su estudio y la comercialización de su obra. Su estado de salud se deterioró progresivamente.
Todo aquello forma parte de la historia de Peter Max y no desaparece porque sus imágenes sean alegres. Pero tampoco alcanza para explicar por qué su nombre quedó instalado en la memoria visual del siglo XX.
Peter Max después de Peter Max
Quizás el dato más significativo de su trayectoria sea la cantidad de lugares inesperados donde todavía aparece su trabajo. Una taza. Un póster. Una estampilla. Una portada. Un avión. Una escenografía. Un objeto que alguien compró hace cincuenta años y todavía conserva. Una reproducción de una de sus figuras cósmicas que alguien reconoce sin saber necesariamente quién la dibujó.
Peter Max convirtió su apellido en una estética. Y esa estética sobrevivió incluso cuando la década que la había producido quedó muy lejos.
Su obra puede discutirse desde la historia del arte. Puede discutirse su relación con el mercado. Puede cuestionarse la repetición de sus motivos o la enorme maquinaria comercial construida alrededor de su firma. Todo eso forma parte del personaje.
Pero hay una escena que probablemente explique mejor su importancia que cualquier catálogo.
Finales de los ’60. Una habitación universitaria. Un tocadiscos. Un disco de rock girando. Un póster pegado en la pared. Colores imposibles ocupando buena parte de la habitación. En ese mundo estaba Peter Max.
No fue quien inventó aquella época. Tampoco fue su único artista. Pero consiguió algo extraordinario: hacer que una generación pudiera reconocerse en una imagen.
Peter Max murió a los 88 años. El color que dejó detrás sigue ahí.



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