La muerte de Paula Sinay enluta al teatro argentino y, particularmente, a la escena mendocina, donde durante décadas desarrolló una tarea que excedió ampliamente los límites de la actuación. Actriz, directora, docente e investigadora, Sinay construyó una trayectoria en la que el escenario y la enseñanza fueron parte de una misma búsqueda: entender el cuerpo, la voz y la expresión artística como herramientas para crear, comunicar y también para conocer.
Su recorrido estuvo profundamente vinculado con la formación de artistas. Desde la Universidad Nacional de Cuyo desarrolló una extensa labor docente en el ámbito de las Artes y el Diseño, donde estuvo al frente de las cátedras Técnicas Corporales I y II. Allí trabajó sobre una concepción del entrenamiento escénico que no separaba cuerpo, voz y actuación, sino que los entendía como dimensiones de una misma experiencia. Pero reducir su trayectoria a la docencia sería insuficiente.
En 1999 creó y dirigió Lazos Danza-Teatro, un espacio surgido inicialmente a partir de estudiantes del Profesorado de Expresión Corporal Isadora Duncan. El grupo se convirtió en uno de los ámbitos desde los cuales Sinay desarrolló una búsqueda artística caracterizada por el cruce de lenguajes.
Danza, teatro, música, texto y movimiento aparecieron entonces como elementos capaces de convivir dentro de una misma propuesta escénica. Obras como Líneas en forma y Lazos… tantos siglos de civilización, y no aprendimos a abrazarnos… expresaron esa concepción y dejaron registrada una manera particular de pensar el hecho teatral.
El cuerpo también habla
Una de las claves de su trabajo estuvo en considerar el lenguaje corporal como algo mucho más amplio que una herramienta técnica para el actor. El cuerpo podía ser discurso, memoria, comunicación y construcción de sentido.
Esa mirada atravesó tanto su producción artística como su actividad académica. En 2004 participó del libro Didáctica del teatro II. Una didáctica del teatro para el nivel polimodal, con un capítulo dedicado precisamente al lenguaje corporal como eje posible del trabajo educativo.
En esa intersección entre arte y pedagogía puede encontrarse una de las características más significativas de su trayectoria: Sinay no entendía la formación artística como la simple transmisión de procedimientos. Enseñar también implicaba abrir posibilidades de expresión y de pensamiento.
Por eso su legado no está únicamente en las obras que dirigió o en los escenarios que transitó. Está también en quienes aprendieron con ella.
Una artista más allá de las etiquetas
Como sucede con muchos trabajadores de la cultura cuya actividad atraviesa distintas disciplinas, la figura de Paula Sinay resulta difícil de encerrar en una única definición. Fue actriz, pero también directora. Fue docente, pero también investigadora.
Trabajó con el teatro, aunque su búsqueda incorporó permanentemente elementos provenientes de la danza, la expresión corporal y otras formas de construcción escénica.
Y en los últimos años también tuvo participación en el cine, integrando el elenco de Parque Central, producción mendocina dirigida por José Kemelmajer y Axel Rezinovsky.
Esa diversidad no aparece como una sucesión de actividades independientes, sino como diferentes formas de una misma preocupación: la posibilidad de utilizar el arte para establecer vínculos y producir sentidos.
La dimensión de una pérdida
La noticia de su muerte, comunicada por la Asociación Argentina de Actores y Actrices, vuelve a poner en primer plano una cuestión que suele quedar relegada cuando desaparece una personalidad de la cultura: ¿cómo se mide el legado de alguien cuya principal tarea fue formar a otros?
Una obra puede conservarse en un archivo. Una película puede volver a verse. Un libro puede permanecer disponible. La enseñanza, en cambio, continúa circulando de manera menos visible.
Una técnica transmitida. Una pregunta formulada en una clase. Una manera diferente de mirar el propio cuerpo. Una posibilidad de animarse a subir a un escenario. Una idea que un alumno transforma y lleva posteriormente a su propia práctica. Allí también permanece Paula Sinay.
Su recorrido forma parte de una tradición del teatro argentino que entiende la escena no solamente como espectáculo, sino como espacio de investigación, formación y encuentro. Una tradición en la que hacer teatro supone también preguntarse por el cuerpo, por los otros y por las formas en que una sociedad puede expresarse.
La escena mendocina pierde a una de sus referentes. Pero una trayectoria construida durante décadas no desaparece con la muerte de quien la protagonizó.
Permanece en las obras, en las investigaciones, en la memoria de quienes compartieron su camino y, especialmente, en aquellos que alguna vez encontraron en sus clases y en su trabajo una manera diferente de acercarse al arte.
Porque también de eso se trata dejar una huella: conseguir que algo de lo aprendido continúe viviendo en los demás.



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