El legendario músico, cantante, compositor y percusionista uruguayo falleció el 26 de agosto, a los 83 años, después de permanecer un mes luchando contra una neumonía y sus complicaciones. Con su muerte desaparece una de las figuras más importantes, innovadoras y queridas de la historia de la música uruguaya y rioplatense.
Rubén Rada no fue solamente un músico uruguayo. Fue una forma de entender la música.
Durante más de seis décadas convirtió al candombe en una materia viva, abierta y en permanente transformación. Lo mezcló con el rock, el jazz, el soul, el funk, la música brasileña, el pop y prácticamente todo aquello que despertara su curiosidad artística.
Por eso, intentar encerrarlo dentro de una sola definición resulta imposible.
Fue Rubén Rada, o simplemente Rada. Para el público, durante toda una vida, fue también El Negro Rada: una voz inconfundible, un percusionista extraordinario, un compositor brillante y un artista capaz de transmitir alegría incluso cuando abordaba las historias y contradicciones más profundas de su país.
Su muerte, ocurrida el miércoles 26 de agosto en Montevideo, provocó una inmediata conmoción en Uruguay y en toda la región. Su familia confirmó el fallecimiento luego de un mes de lucha contra una neumonía y sus complicaciones. Tenía 83 años.
Uruguay declaró duelo oficial y organizó una despedida pública en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, un reconocimiento reservado para las grandes figuras de la vida nacional. Pero reducir su historia a los homenajes oficiales sería insuficiente.
Porque Rubén Rada pertenecía a otra clase de patrimonio: el de las canciones que pasan de generación en generación, el de los ritmos que forman parte de la identidad de un pueblo y el de esos artistas que, aun convertidos en leyendas, conservan una cercanía imposible de fabricar.
Un niño de Montevideo que encontró su idioma en el ritmo
Omar Rubén Rada Silva nació el 16 de julio de 1943 en Montevideo. Creció en un ambiente humilde y desde muy pequeño estuvo vinculado con la música y, especialmente, con el universo de las comparsas, los tambores y la tradición afro-uruguaya. Aquella experiencia sería decisiva.
El candombe no sería para Rada un género al que simplemente pertenecía: sería su idioma de origen. Pero, a diferencia de quienes entienden la tradición como algo inmóvil, él la concibió como un punto de partida.
Rada comprendió que el candombe podía dialogar con el mundo. Podía encontrarse con el rock, conversar con el jazz, incorporar el soul, el funk y la música brasileña. Podía sonar moderno sin dejar de ser profundamente uruguayo. Esa idea atravesaría toda su carrera.
El Kinto: cuando el candombe se encontró con una nueva música
Uno de los capítulos fundamentales de su trayectoria fue El Kinto, grupo que integró junto a otra figura decisiva de la música uruguaya: Eduardo Mateo. Aquella experiencia fue revolucionaria.
En una época en la que el rock latinoamericano todavía estaba buscando su propia identidad, El Kinto comenzó a desarrollar una propuesta que combinaba elementos del rock con ritmos locales y, especialmente, con la presencia del candombe.
No se trataba de copiar modelos extranjeros. La intención era otra: tomar las influencias que llegaban desde el exterior y hacerlas pasar por Montevideo, por los barrios, por los tambores, por la tradición afro-uruguaya. Ese proceso convertiría a Rada en una de las figuras centrales de una generación que modificó para siempre el mapa musical del Uruguay.
Tótem y la consolidación de una identidad
A comienzos de la década de 1970 llegó otro capítulo fundamental: Tótem. La banda se convirtió en uno de los proyectos más importantes de la música popular uruguaya y llevó todavía más lejos la fusión entre el candombe y el rock. La voz de Rada comenzó a ocupar un lugar central. Su forma de cantar era distinta. Tenía potencia, pero también swing. Podía sonar cruda y callejera, pero al mismo tiempo poseía una sensibilidad melódica extraordinaria. Era una voz capaz de moverse entre registros aparentemente incompatibles. Y esa versatilidad sería una de las grandes marcas de toda su carrera.
Con Tótem quedaron canciones y versiones que se transformaron en parte esencial de la memoria musical uruguaya. La experiencia, aunque relativamente breve, dejó una influencia enorme y consolidó la idea de que el candombe podía ser una herramienta para construir una música contemporánea.
OPA: el salto hacia una dimensión internacional
La aventura artística de Rubén Rada también incluyó a OPA, otro proyecto fundamental en su historia. En ese contexto, su música se expandió hacia territorios todavía más complejos, con una fuerte presencia del jazz, el funk y las influencias brasileñas.
OPA fue una demostración de la amplitud musical de Rada. Para él no existían fronteras rígidas. Un ritmo podía viajar. Una canción podía mutar, un tambor podía convivir con una guitarra eléctrica, un bajo funk o una armonía de jazz.
Esa libertad artística hizo que Rada fuera difícil de clasificar, pero precisamente allí estaba una de las claves de su importancia. Nunca pareció especialmente preocupado por encajar, prefería mezclar.
La carrera solista: Rada como género musical
Con el paso de los años, Rubén Rada desarrolló una extensa carrera solista que terminó por convertirlo en una figura absolutamente popular. Ya no era necesario explicar de qué grupo venía o qué estilo interpretaba. Rada era Rada. Sus canciones comenzaron a ocupar un lugar propio dentro de la música uruguaya y rioplatense.
Entre sus composiciones más recordadas se encuentran “Candombe para Gardel”, “Mi país”, “Ayer te vi”, “Muriendo de plena” y muchas otras piezas que atravesaron distintas etapas de su carrera.
Su capacidad para escribir canciones aparentemente sencillas, pero cargadas de identidad, fue una de sus mayores virtudes.
Rada podía hablar de Uruguay sin necesidad de discursos solemnes ya que le alcanzaba con una melodía, con una historia, con una palabra, con el golpe de un tambor. El resultado era inmediato: su música sonaba a Montevideo, pero nunca quedó encerrada en Montevideo.
Un músico que podía hacerlo todo
Una de las características más extraordinarias de Rubén Rada fue su versatilidad. Pocos artistas latinoamericanos lograron atravesar tantos géneros sin que el resultado pareciera un ejercicio artificial. Rada podía cantar candombe, pero también moverse por el jazz. Podía incorporar el soul y el funk. Podía acercarse al tango o a la música brasileña. Podía interpretar canciones populares y convertirlas en algo completamente suyo.
Su música no era una colección de estilos pegados unos a otros. Había una identidad que atravesaba todo. Y esa identidad era él. Su voz. Su sentido del ritmo. Su manera de frasear. Su presencia. Por eso, incluso cuando cambiaba radicalmente de escenario musical, seguía sonando a Rada.
Mucho más que un músico
Rubén Rada también desarrolló actividades como actor, conductor y personalidad televisiva. Su carisma natural lo convirtió en una presencia habitual y querida en los medios. Pero, incluso fuera de la música, nunca parecía abandonar completamente su condición de artista. Había en Rada una relación muy particular con el público. No necesitaba construir una distancia.
Su humor, su forma de hablar y su permanente energía transmitían cercanía. Era una estrella, pero conservaba algo del hombre del barrio. Ese equilibrio no se puede fabricar. Se tiene o no se tiene. Y Rada lo tuvo durante toda su vida.
El reconocimiento de una carrera irrepetible
A lo largo de su trayectoria recibió numerosos premios y reconocimientos. En 2011 fue distinguido con el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación, una consagración que reconocía décadas de trabajo y su influencia sobre varias generaciones de artistas.
Sin embargo, los premios apenas alcanzan para medir una trayectoria como la suya. Su verdadera dimensión aparece cuando se observa la cantidad de músicos que reconocieron su influencia. El candombe contemporáneo no puede explicarse sin Rada.
Pero tampoco una parte importante del rock uruguayo. Ni las posteriores fusiones entre la música popular rioplatense y otros géneros. Rada abrió caminos. Y, sobre todo, demostró que la identidad no se pierde cuando se mezcla con otras influencias. Al contrario. Puede fortalecerse.
Un artista profundamente rioplatense
Aunque Uruguay fue siempre el centro de su identidad, Rubén Rada mantuvo una relación estrecha con la Argentina.
Su música circuló permanentemente de un lado al otro del Río de la Plata y Buenos Aires fue una ciudad fundamental en diferentes momentos de su carrera. Para el público argentino, Rada fue mucho más que una figura extranjera. Era parte de una tradición musical común.
Sus discos, sus presentaciones y sus colaboraciones ayudaron a consolidar una relación artística que trascendió las fronteras políticas. En ese sentido, su muerte también se siente como una pérdida propia. Porque el Río de la Plata puede dividir países. Pero la música, muchas veces, no reconoce esa división.
La despedida: tambores para Rada
La noticia de su muerte generó una enorme reacción popular. Músicos, periodistas, dirigentes y seguidores comenzaron inmediatamente a despedirlo. Jorge Drexler, por ejemplo, lo homenajeó interpretando “Ayer te vi” y sintetizó el lugar que Rada ocupa en la cultura uruguaya con una frase contundente: “No sabíamos quiénes éramos hasta que nos cantaste”.
También hubo homenajes espontáneos en Montevideo, donde los tambores volvieron a ocupar un lugar central en la despedida. No podía ser de otra manera. Para despedir a Rada, el silencio nunca habría sido suficiente.
Uruguay decretó duelo oficial y el velatorio público fue realizado en el Palacio Legislativo, mientras el público y los músicos le rindieron homenaje. Y acaso haya algo profundamente apropiado en esa imagen.
Un artista que pasó toda su vida transformando el ritmo en una celebración terminó siendo despedido con aquello que había formado parte de su identidad desde el principio: los tambores.
Un legado que seguirá sonando
Rubén Rada murió a los 83 años, pero dejó una obra demasiado grande para ser reducida a una despedida. Dejó canciones. Dejó discos. Dejó grupos fundamentales. Dejó una manera nueva de pensar el candombe. Pero, sobre todo, dejó una enseñanza artística. La tradición no tiene por qué ser una jaula. Se puede respetar el origen y, al mismo tiempo, mirar hacia adelante. Se puede amar la música de un barrio y dialogar con el mundo.
Se puede tocar un tambor ancestral y hacerlo convivir con una guitarra eléctrica, un sintetizador, una armonía de jazz o un ritmo funk. Rada hizo todo eso. Y lo hizo con una naturalidad extraordinaria. No parecía estar construyendo una teoría musical. Simplemente hacía música.
Pero detrás de esa aparente facilidad había una de las obras más importantes de la cultura uruguaya contemporánea. Hoy, el candombe pierde una de sus voces más grandes. Uruguay despide a uno de sus artistas fundamentales. Y el Río de la Plata se queda sin una de sus presencias más luminosas. Sin embargo, queda su música.
Quedan las canciones. Quedan los tambores. Y queda esa lección que Rubén Rada dejó durante más de sesenta años: la música puede tener raíces profundas sin dejar de viajar lejos. Porque Rada hizo del candombe un territorio abierto. Y desde ese territorio conquistó el mundo.
Adiós, Rubén Rada.
La música uruguaya (y rioplatense) perdió a uno de sus gigantes. Pero mientras haya un tambor sonando, una canción capaz de mezclar mundos y alguien dispuesto a bailar, su ritmo seguirá ahí.

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