Eugenio Zanetti murió el 18 de septiembre en Buenos Aires. Tenía 79 años y estaba trabajando en el Teatro Colón, preparando una nueva puesta de Los cuentos de Hoffmann. Había vuelto pocos días antes de Córdoba, donde acababa de inaugurar una muestra retrospectiva de su obra.
Quizás no exista una imagen más precisa para despedirlo: hasta el final estuvo creando.
Había nacido en Córdoba en 1946 y estudió arquitectura, aunque rápidamente entendió que su territorio era mucho más amplio. Pintura, teatro, cine, ópera. En Italia trabajó cerca de Pier Paolo Pasolini y conoció a Federico Fellini. Después regresó a la Argentina, desarrolló una intensa actividad teatral y finalmente desembarcó en Hollywood. Allí llegó el reconocimiento internacional.
En 1996 ganó el Oscar a la Mejor Dirección de Arte por Restauración, la película de Michael Hoffman ambientada en la Inglaterra del siglo XVII. Unos años después volvió a ser nominado por Más allá de los sueños, protagonizada por Robin Williams.
Pero reducir a Zanetti a “el argentino que ganó un Oscar” sería quedarse con la parte más conocida y perder la más interesante. Porque Zanetti no se quedó en Hollywood.
Siguió pintando. Dirigió teatro y ópera. Trabajó en el Teatro Colón. Realizó Amapola, su propia película. Y continuó moviéndose entre disciplinas con una libertad que resulta cada vez menos frecuente en un mundo cultural obsesionado con las especializaciones.
Su trabajo tenía una preocupación constante: construir el espacio donde una historia pudiera suceder. En una película, ese espacio debía parecer real aunque jamás hubiera existido. En una ópera, debía dialogar con la música. En el teatro, tenía que acompañar a los actores. En la pintura, podía existir únicamente dentro de la tela. Zanetti entendía todos esos lenguajes. Y los mezclaba.
Pocos días antes de morir, había inaugurado en Córdoba El hombre que habita muchos mundos, una retrospectiva que reunía pinturas, bocetos, vestuario y materiales de sus trabajos cinematográficos, teatrales y operísticos.
El título de aquella muestra terminó siendo involuntariamente perfecto. Eugenio Zanetti habitó muchos mundos. Córdoba. Roma. París. Hollywood. Buenos Aires. Pasolini. Fellini. El Oscar. El Colón. Pero ninguna de esas estaciones alcanzó para definirlo. Murió trabajando, preparando una ópera.
Y tal vez esa sea la imagen que mejor lo representa: un artista que nunca terminó de elegir entre sus distintas pasiones porque decidió hacerlas convivir.



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