La reciente polémica en torno a Dua Lipa y el grupo irlandés Kneecap volvió a dejar en evidencia que el mundo de la música ya no puede —ni quiere— fingir neutralidad frente al horror contemporáneo. Según diversas publicaciones, el entorno de la cantante quedó envuelto en un conflicto luego de que trascendiera el apoyo de su agente David Levy a una campaña que buscaba excluir a Kneecap del festival Glastonbury debido a su postura pública pro palestina. Aunque luego la propia artista desmintió algunas versiones sobre despidos y rupturas contractuales, reafirmó su posición a favor de Palestina con una frase contundente: “Siempre será Free Palestine”.
El episodio no es aislado. En los últimos años, una enorme cantidad de músicos comenzó a romper el cerco discursivo impuesto por las grandes corporaciones mediáticas occidentales, denunciando el genocidio en Gaza, el apartheid israelí y la histórica ocupación sobre el pueblo palestino. Y si hay un territorio artístico donde esa resistencia sonora encontró una potencia especialmente feroz, ese es el metal.
Desde sus orígenes, el metal y sus derivados más extremos funcionaron como un lenguaje de confrontación. Contra el poder, contra la guerra, contra el colonialismo y contra las estructuras de dominación. No sorprende entonces que muchas bandas y artistas ligados al género hayan asumido posiciones abiertamente pro palestinas.
Uno de los casos más emblemáticos es Rage Against the Machine. La banda liderada por Zack de la Rocha convirtió el antiimperialismo en columna vertebral de su obra. A lo largo de los años denunció sistemáticamente la política exterior estadounidense y expresó solidaridad con Palestina, definiendo la ocupación israelí como una forma de colonialismo y apartheid.
Canciones como “People of the Sun” no hablan específicamente de Palestina, pero sí del levantamiento de los pueblos oprimidos contra las lógicas coloniales del capitalismo global. Ese espíritu encontró eco décadas después en múltiples acciones concretas de la banda y de músicos vinculados al universo del metal alternativo.
También Serj Tankian, voz de System of a Down, se manifestó reiteradamente contra la ocupación y participó de campañas internacionales de solidaridad con Palestina.
La propia historia del pueblo armenio —atravesada por genocidio, exilio y negacionismo— vuelve especialmente significativa la sensibilidad política de Tankian frente al sufrimiento palestino.
En sectores más underground del black metal, crust punk y hardcore, aparecieron compilados solidarios, recitales benéficos y sellos independientes que recaudaron fondos para ayuda humanitaria en Gaza. Allí el discurso antiimperialista suele mezclarse con posturas antifascistas y anticoloniales, reforzando una lectura global sobre las formas contemporáneas de opresión.
El rock históricamente entendió que el arte no es apenas entretenimiento. Es identidad, conflicto y memoria. Desde Roger Waters hasta artistas independientes de distintas partes del mundo, la causa palestina encontró respaldo en músicos que observan en Gaza una tragedia humanitaria atravesada por intereses geopolíticos, militares y económicos.
Muchos de ellos apoyaron campañas de boicot cultural contra Israel impulsadas por movimientos palestinos internacionales. La discusión excede el terreno diplomático: se trata de pensar si el arte puede convivir cómodamente con sistemas de ocupación, desplazamiento y muerte masiva.
En el rock más politizado aparece una pregunta incómoda: ¿qué significa cantar sobre libertad mientras se calla frente al exterminio televisado de un pueblo?
La reacción furiosa de sectores conservadores contra músicos pro palestinos revela precisamente el poder simbólico de la cultura. Porque una canción puede atravesar fronteras mucho más rápido que un discurso oficial. Y porque cuando un artista popular toma posición, rompe la ilusión de consenso fabricada por los grandes centros de poder.
Durante décadas el pop internacional pareció mantenerse cuidadosamente alejado de los conflictos políticos más espinosos. Sin embargo, la brutalidad de las imágenes provenientes de Gaza quebró ese pacto tácito de silencio.
Dua Lipa se transformó en una de las voces más visibles dentro del mainstream global en denunciar públicamente la situación palestina. No es la única. También artistas como The Weeknd, Macklemore o Massive Attack realizaron declaraciones, donaciones o acciones concretas de solidaridad.
El caso de Kneecap resulta particularmente simbólico porque representa una nueva generación de músicos que entienden el escenario como territorio político. El grupo irlandés conecta la historia de ocupación británica en Irlanda con la situación palestina, construyendo puentes entre memorias coloniales aparentemente lejanas pero atravesadas por lógicas similares de violencia estatal.
En tiempos donde las redes sociales aceleran el odio y donde los gobiernos justifican masacres en nombre de la seguridad, la música vuelve a ocupar un lugar profundamente humano. No resuelve guerras. No detiene bombas. Pero sí combate algo igual de peligroso: la indiferencia.
El metal aporta la rabia. El rock, la conciencia histórica. El pop, la capacidad de amplificar mensajes hacia millones de personas. Y en esa combinación aparece algo fundamental: la posibilidad de volver a mirar al otro como un ser humano y no como una estadística.
La defensa de Palestina dentro del mundo artístico no debería entenderse únicamente como una posición geopolítica. También es una defensa del derecho a vivir, crear, cantar, amar y existir sin ocupación ni exterminio.
Cuando un músico levanta una bandera palestina sobre un escenario no necesariamente está promoviendo odio: muchas veces está recordando que el arte nació para incomodar al poder y acompañar a los pueblos y no como mero entretenimiento como intentaron hacer creer hasta ahora los poderes hegemónicos.
En el fútbol también comenzó a resquebrajarse el viejo mandato de no meterse en política. Mientras Lionel Messi mantiene históricamente un perfil público moderado y distante de las declaraciones partidarias o geopolíticas, buena parte del ambiente futbolístico mundial empezó a manifestarse frente a la tragedia palestina. En la propia selección argentina prevalece el silencio institucional, aunque varios futbolistas han compartido mensajes humanitarios o pedidos de paz en redes sociales durante distintos momentos del conflicto. A nivel internacional, en cambio, las expresiones fueron mucho más visibles: desde figuras africanas y árabes hasta jugadores europeos que rompieron la presión mediática para solidarizarse con Gaza. Uno de los gestos más resonantes fue el de Lamine Yamal durante los festejos del campeonato del FC Barcelona, donde la presencia de banderas palestinas volvió a unir fútbol y sensibilidad popular en una escena imposible de desligar del clima político mundial. Y en ese recorrido histórico aparece inevitablemente la figura de Diego Armando Maradona, quien jamás ocultó su posición frente a los conflictos internacionales, las invasiones militares o las injusticias contra los pueblos. Con todas sus contradicciones, Maradona entendía al fútbol como un fenómeno profundamente popular y asumía sin temor una idea que hoy vuelve a cobrar fuerza: que el silencio frente al sufrimiento también puede convertirse en una forma de complicidad.
Porque en definitiva, toda verdadera expresión artística termina diciendo lo mismo: que ninguna bomba puede ser más poderosa que una canción capaz de despertar conciencia. Y que frente a la maquinaria de muerte, el amor por la vida sigue siendo el acto más revolucionario de todos.

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