A los 97 años murió Carlos Alonso, uno de los grandes artistas argentinos del último siglo. Pintor, dibujante e ilustrador, construyó una obra atravesada por la realidad de su país y por una mirada que nunca aceptó la indiferencia. La violencia política, el exilio y la desaparición de su hija Paloma marcaron profundamente su existencia, pero no consiguieron definirla por completo. Frente a quienes oscurecieron su vida, Alonso respondió con lo único que nunca pudieron quitarle: su arte.
Carlos Alonso murió hoy 21 de septiembre, a los 97 años, en su casa de Unquillo, Córdoba. Con él desaparece físicamente una de las figuras fundamentales de la cultura argentina del siglo XX y comienzos del XXI, pero queda una obra que parece destinada a seguir discutiendo con el país durante mucho tiempo. Porque Alonso no fue solamente un extraordinario pintor. Fue también un testigo incómodo, un artista que entendió que mirar la realidad implicaba hacerse cargo de aquello que muchas veces una sociedad preferiría no ver.
Hablar de su muerte obliga, por eso, a hablar de su vida. Y hablar de su vida significa necesariamente atravesar algunos de los momentos más oscuros de la historia argentina. No porque Alonso haya quedado reducido a ellos, sino precisamente porque consiguió que esos episodios no terminaran reduciéndolo.
Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, Alonso comenzó a formarse muy joven y pasó por instituciones y talleres en los que tuvo como maestros, entre otros, a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez, Francisco Bernareggi y Lino Enea Spilimbergo. Desde sus primeros años se reveló como un artista de extraordinaria capacidad técnica, pero también como alguien dispuesto a mirar más allá de la superficie. Su pintura nunca fue una actividad aislada del mundo. La literatura, la historia, la política, la pobreza, la violencia y la condición humana fueron entrando en su obra hasta formar un universo propio.
Una experiencia en Santiago del Estero resultó especialmente importante. Allí pudo observar de cerca situaciones de pobreza extrema que profundizaron su conciencia social y modificaron su manera de entender el trabajo artístico. Desde entonces, su pintura fue incorporando cada vez con mayor fuerza los conflictos de una sociedad desigual. Pero sería un error convertir a Alonso simplemente en un «pintor político». Esa etiqueta queda demasiado chica para una obra que dialogó con Rembrandt, Velázquez, Van Gogh, Spilimbergo y tantos otros maestros, que recorrió la literatura universal y argentina y que encontró en el cuerpo humano una de sus grandes materias expresivas.
Alonso podía tomar un texto de Dante, Cervantes, Echeverría, Hernández o Arlt y convertirlo en una nueva experiencia visual. Podía volver sobre la tradición de la pintura europea y, al mismo tiempo, hacerla hablar de la Argentina. En sus manos, los grandes temas de la historia del arte dejaron de ser piezas de museo para convertirse en instrumentos con los cuales observar el presente.
Y entonces llegó la época en la que el presente argentino se volvió insoportable. Durante la última dictadura militar, en 1977, su hija Paloma Alonso Fauvety, de 21 años, fue secuestrada y permanece desaparecida. Esa tragedia quebró para siempre la vida del artista. Alonso debió abandonar el país y atravesar el exilio en Europa antes de regresar a la Argentina a comienzos de los años ochenta y establecerse en Unquillo.
No hay manera de contar la historia de Carlos Alonso sin detenerse ahí. Pero tampoco sería justo contarla únicamente desde ahí. Porque Paloma fue una ausencia que acompañó su vida hasta el final, pero Alonso no permitió que quienes habían producido aquella ausencia terminaran apropiándose también del significado de su existencia. El secuestro y la desaparición de su hija fueron un crimen que le impusieron; la transformación de ese dolor en una obra de memoria fue una decisión suya.
Esa diferencia es fundamental. Los responsables de aquella oscuridad pudieron alterar para siempre una familia, pudieron obligarlo al exilio y pudieron dejar una herida que jamás cerraría. Lo que no pudieron hacer fue decidir qué haría Alonso con esa herida. Y Alonso pintó. Pintó porque era su manera de responder.
Pintó los cuerpos, la violencia, la muerte, las manos, la ausencia y el poder. Pintó aquello que otros pretendían mantener fuera de cuadro. En series como Manos anónimas quedó plasmada esa necesidad de convertir la experiencia histórica en memoria visual. Su obra no necesitaba discursos grandilocuentes para denunciar el horror: muchas veces bastaba una figura, un cuerpo, una mano, una escena aparentemente silenciosa.
También había ocurrido antes. Su Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt y atravesada por acontecimientos políticos como la muerte del Che Guevara, demostraba que Alonso podía utilizar la tradición para hablar de su propio tiempo. Su aproximación a El matadero, de Esteban Echeverría, encontraba en la violencia y el sacrificio una imagen persistente de la historia argentina. En su producción, los cuerpos nunca eran solamente cuerpos. Eran víctimas, testigos, protagonistas y, muchas veces, la materia misma sobre la que el poder intentaba escribir su historia.
Por eso resulta tan difícil separar al artista del hombre. Pero también sería injusto hacerlo solamente para recordar sus tragedias. Carlos Alonso fue mucho más que el padre de una desaparecida y mucho más que un artista atravesado por la dictadura. Fue un creador de enorme dimensión, un dibujante excepcional y un trabajador incansable que mantuvo activa su capacidad de observar incluso cuando la vida le había dado razones de sobra para encerrarse en el dolor.
Después del exilio regresó a un país distinto y encontró en Unquillo un lugar para continuar. Allí trabajó durante décadas, alejado del ruido de los grandes centros culturales, pero nunca desconectado de la realidad. En sus últimos años siguió produciendo y explorando incluso territorios menos asociados a la imagen que el público había construido de él. El paisaje cordobés, por ejemplo, adquirió una presencia importante en su obra tardía.
Ese dato también importa. Porque demuestra que la vida de Alonso no quedó congelada en 1977. La dictadura lo atravesó. La desaparición de Paloma lo atravesó. El exilio lo atravesó. Pero no lo agotaron. Alonso continuó buscando. Continuó pintando. Continuó mirando. Y esa continuidad constituye, quizá, una de las formas más profundas de victoria sobre quienes pretendieron oscurecer su vida.
Porque hay algo que suele perderse cuando se habla de artistas marcados por tragedias políticas: el peligro de reducirlos a sus victimarios. Alonso no merece ese destino. Los responsables de la violencia forman parte de su historia, pero no son sus protagonistas. El protagonista fue él y lo que hizo con aquello que le tocó vivir. Los que quisieron imponer el silencio quedaron asociados al silencio.
Alonso quedó asociado a la obra. Los que intentaron borrar dejaron una ausencia. Alonso dejó imágenes. Los que pretendieron que el miedo fuera definitivo se encontraron con un artista que siguió trabajando durante décadas. Ahí está la verdadera dimensión de su legado.
Carlos Alonso nunca necesitó olvidar para seguir viviendo. Tampoco necesitó convertir su dolor en una explicación única de su arte. Lo incorporó, lo transformó y continuó avanzando. Su obra puede ser feroz, dolorosa, incómoda y política, pero también puede ser sensual, literaria, irónica, íntima y profundamente humana. Esa amplitud es la que impide encerrarlo en una sola definición.
Murió a los 97 años, después de una vida extraordinariamente larga y extraordinariamente intensa. Murió habiendo perdido demasiado, pero también habiendo construido muchísimo. Murió con una obra que atravesó generaciones y que consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan: que su mirada se vuelva parte de la memoria de un país.
Poco antes de morir escribió que seguía creyendo en el arte y, sobre todo, en su «memoria insobornable». Es una frase que resume buena parte de su recorrido. Porque eso fue Carlos Alonso: un artista que no se dejó comprar por el olvido. Y quizá esa sea la mejor manera de despedirlo. No solamente recordando aquello que le hicieron, sino recordando aquello que él hizo.
No solamente hablando de quienes oscurecieron su vida, sino de cómo consiguió que esa oscuridad no fuera la última palabra. Carlos Alonso murió pero su mirada queda. Y mientras sus cuadros sigan obligándonos a mirar aquello que preferiríamos no ver, mientras sus dibujos sigan devolviendo cuerpos y rostros a una historia que tantas veces quiso borrarlos, mientras alguien vuelva a encontrarse con sus imágenes y comprenda que detrás de ellas hay un artista que se negó a permanecer indiferente, Carlos Alonso seguirá estando ahí.
Frente a nosotros. Mirándonos. Recordándonos que el arte también puede ser una forma de resistencia contra el olvido.



Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS