La dramaturga y escritora falleció a los 98 años. Su obra, atravesada por el poder, la violencia, la libertad y los conflictos sociales, renovó profundamente el teatro argentino y dejó una marca decisiva en varias generaciones de artistas.
Griselda Gambaro murió este martes 15 de septiembre, a los 98 años. Con ella desaparece una de las figuras fundamentales de la dramaturgia argentina contemporánea, pero queda una obra que durante más de seis décadas se ocupó de interrogar, incomodar y poner en escena algunos de los conflictos más profundos de la sociedad.
Nacida el 28 de julio de 1928 en el barrio porteño de La Boca, Gambaro comenzó su recorrido artístico vinculada a la narrativa. Su primer libro, Madrigal en ciudad, apareció en 1963 y recibió una distinción del Fondo Nacional de las Artes. Dos años después publicó El desatino, colección de cuentos que obtuvo el Premio Emecé.
Pero sería el teatro el territorio en el que su escritura alcanzaría una dimensión decisiva. En 1965 se estrenó El desatino, en el Instituto Di Tella, bajo la dirección de Jorge Petraglia. Aquella obra marcó una ruptura con buena parte de las formas teatrales dominantes y colocó a Gambaro en el centro de la renovación de la escena argentina.
A partir de entonces construyó una producción extensa que incluyó obras como Las paredes, Los siameses, El campo, Información para extranjeros, La malasangre, Antígona furiosa y La señora Macbeth, entre muchas otras.
El poder como territorio teatral
En la dramaturgia de Gambaro, el poder nunca fue una abstracción. Apareció encarnado en relaciones concretas: entre padres e hijos, hombres y mujeres, víctimas y victimarios, autoridades y subordinados.
La malasangre, estrenada en 1982, es probablemente uno de los ejemplos más contundentes. Ambientada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, la obra utiliza el ámbito familiar para construir una representación de la violencia, el autoritarismo y la imposibilidad de vivir libremente bajo una estructura de dominación.
También Antígona furiosa, estrenada en 1986, retomó el mito clásico para dialogar con la experiencia de la violencia política y las desapariciones de la última dictadura argentina.
La escritura de Gambaro consiguió así una característica particular: hablar de la política sin reducir el teatro a un discurso político. Sus personajes y situaciones permitían que el poder apareciera en los vínculos cotidianos, en los silencios, en las humillaciones y también en los gestos de resistencia.
Una autora atravesada por la dictadura
La relación de Gambaro con la realidad política argentina no fue solamente literaria. En 1977, su novela Ganarse la muerte fue prohibida por la dictadura militar. La persecución llevó a Gambaro y a su familia al exilio en Barcelona. A su regreso participó de la intensa resistencia cultural que tuvo uno de sus espacios fundamentales en Teatro Abierto.
La censura y el exilio terminaron formando parte de una trayectoria en la que literatura, teatro y realidad política estuvieron permanentemente relacionados.
Gambaro no necesitó convertir cada obra en una proclama. Su modo de intervenir consistió muchas veces en algo más profundo: mostrar cómo funciona la violencia, cómo se construye la obediencia y qué sucede cuando alguien decide dejar de obedecer.
Una voz que abrió caminos
Además de la importancia de su obra, Gambaro ocupó un lugar particular en la historia cultural argentina por haber desarrollado una carrera de enorme reconocimiento en un ámbito teatral históricamente dominado por hombres.
Fue la primera mujer en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y también inauguró la Feria Internacional del Libro de Frankfurt cuando Argentina fue el país invitado de honor, en 2010. Sus textos fueron traducidos y publicados en distintos países.
Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Konex, el Premio Nacional y Municipal de Teatro, y doctorados honoris causa. Pero probablemente la dimensión más importante de su legado no pueda medirse en premios.
Está en las obras que continúan representándose, en los actores y directores que encontraron en sus textos un territorio para explorar y, especialmente, en las generaciones de dramaturgas que pudieron escribir después de que Gambaro demostrara que una mujer podía ocupar un lugar central en la dramaturgia argentina.
La obra queda
En una entrevista publicada en 2005, Gambaro explicó su relación con la escritura con una frase que hoy adquiere una dimensión especial: “No separo: soy lo que escribo y escribo lo que soy”. Quizás allí esté una de las claves para comprender su trayectoria.
Griselda Gambaro no escribió desde afuera de su tiempo. Escribió dentro de él, incluso cuando ese tiempo estaba atravesado por la violencia, la censura, el autoritarismo o la desigualdad. Por eso su muerte no significa el final de su presencia.
Sus personajes siguen preguntando. Sus conflictos siguen abiertos. Sus textos siguen poniendo en escena aquello que muchas veces una sociedad preferiría mantener fuera de escena.
A los 98 años, murió Griselda Gambaro. Queda una obra que todavía tiene mucho para decir.



Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS